una representación de fingidas transparencias

Aniceto asesino de poetas

16 Abril 2004 • Guardado en: Ellos

Revisado el 16 Abril 2004

Enrique nos regala una estupenda historia: La Orden del Fénix. Tras su lectura he rebuscado en el armario de la memoria, lleno de historias verdaderas, soñadas, imágenes retinadas con mirada subjetiva. El regalo, envuelto en un papel, decorado con escenas de la Selva Negra, requiere, en justa correspondencia, otro más rústico o basto.

Aniceto es el nombre falso para un hombre verdadero, vecino durante dos años en un viejo caserón. Murió retirado en algún pueblo de la Rioja alavesa donde encontró un aire más seco para mitigar su reuma. Antes de su retiro atendía primorosamente (amorosamente) una huerta alquilada y enorme, comían él, sus hijos y su mujer. Siempre recordaré su orgullo inmenso (cumplidor de su ley), las mejores hortalizas de la comarca eran las suyas. Yo no lo puse nunca en duda.

Los sábados, hacia las seis de la mañana, cargaban -el y su mujer- un carro con todas las maravillas que la tierra ofrece tras duros y amorosos trabajos. Él y su mujer lo arrastraban hasta el mercado de Durango. Ni coches, ni mulos, un par de kilómetros por una carretera sin apenas arcenes. Muchas veces volvían del mercado con más de la mitad del carro sin vender: Eran muy caros. Aniceto, cabreado, decía: !Qué se creen esos! Antes lo regalo.

Las tierras eran alquiladas, la casa tambien. Un día estalló la bomba construida durante meses en obscuras agencias inmobiliarias y concejalías de urbanismo: ¡Recalificación Recalificación! . Pero Aniceto, hombre muy religioso, lo entendió de otra forma: ¡Crucifixión Crucifixión!. Lo visitaron los dueños y los abogados intentando arreglar las cosas con buenas palabras, él los amenazaba con palabras obscenas, el azadón o la guadaña. Hasta que un día aparecieron excavadoras, guardias, secretario de juzgado y algunos curiosos. Fin de la historia más o menos verdadera. Fin de la huerta y la pasta a la cartera.

Imaginé otro final diferente. Aniceto, acostumbrado a matar y desollar corderos o cabritillos para las cuchipandas del propietario del terreno, atizó un golpe seco en la cabeza del abogado (reconocido escritor y mejor poeta) . Lo echó al montón de estiércol y pensó: Mejor como abono. Obras son amores y no buenas razones.

Que nadie se confunda, no se trata de hacer apología del terrorismo, intento explicarme (a mi mismo) porqué, algunas veces, aparecen volando los intestinos de nuestros vecinos detrás de las ventanas. Tambien hay que considerar que no hay terreno suficiente, ni capacidad, para que cada cual tenga su propia huerta con la que alimentar a su familia: Están todas ocupadas.

Como señala la fingida Cherie, necesitamos la ceguera y debemos permitir que ciertos errores y artículos de fe permanezcan intactos en nosotros mientras nos mantengan en vida. Al Aniceto fingido le sirve el azadón, para remover la tierra, eliminar las malas hierbas, matar al cordero, o convertir en abono las razones del Abogado. La utilidad de la herramienta, su descripción, es múltiple. Tambien sirve como entrada de un diccionario donde se explica que Sirve para rozar y romper tierras duras, cortar raíces delgadas y otros usos análogos.

Usos análogos que hace el Abogado, del Diablo o del Hortelano. Explicar porque no termino ya de arar mi propia huerta o acabar de contar la falsa historia de Aniceto asesino de poetas.

Comentarios

Enviado por Enrique el 28 Agosto 2008

¡Increible! ¡La Orden del Fénix”. Han pasado ya cuatro años de aquéllo y parece que fue ayer. En fin, que me alegro de volver a leer la historia de Aniceto, asesino de poetas. Y que me alegro, sobre todo, de que andes ahí trabajando, dando guerra. Un abrazo, Cayetano. Un fuerte abrazo.

Enviado por Cayetano Lupeña el 28 Agosto 2008

Hola Enrique. Lo guardo todo :). Aunque no doy guerra en todo caso estoy parapetado en un vieja torre a la que empiezan a fallarle los cimientos. Salutotes. (Ya se que le debo un mail)

 

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